
Versión web del discurso que pronuncié en representación de mis compañeros de la Facultad de Comunicación y Documentación de la Universidad de Murcia en el acto de cambio de nombre de la Biblioteca General del Campus de Espinardo, que a partir de ahora pasará a llamarse Biblioteca General María Moliner. Este acto tuvo lugar el 25 de marzo de 2015, dentro de las celebraciones del centenario de la Universidad de Murcia.
«Excmos. Sr. Rector y vicerrectores, queridos compañeros y estudiantes, la fecha del 25 de marzo de 2015 pasará a la historia de la Universidad de Murcia como aquella en la que nuestra institución rinde homenaje a la figura de la primera mujer que impartió clases en ella, la bibliotecaria y archivera por profesión, profesora y lexicógrafa por vocación, María Moliner Ruiz, una de las principales intelectuales españolas cuya obra aún pervive entre nosotros y seguramente nos sobrepasará en el tiempo.

Hace más o menos un año que el exRector José Antonio Cobacho planteaba en el Consejo de Gobierno de nuestra universidad la necesidad de realizar un reconocimiento a la figura de esta insigne compañera. Más o menos por las mismas fechas, incluida ya dentro de los actos de conmemoración de nuestro centenario que tan bien coordina nuestro vicerrector y compañero José Antonio Gómez, tuvimos ocasión de asistir a la representación de la obra teatral “El diccionario”, dirigida por Manuel Calzada donde la actriz Vicky Peña rendía (tal como publicaba el diario El País cuando su estreno) “justicia escénica” a la figura de María Moliner. También en esas fechas pudimos leer el excelente artículo sobre la vida de la homenajeada escrito por nuestro compañero Juan Carlos Argüelles en el diario regional La Verdad.
Inmersos como estábamos en el proceso de elecciones a rector, esta idea se frenó un poco, si bien afortunadamente fue retomada por parte de los responsables culturales de nuestra universidad y fructificó tras la petición realizada por la Facultad de Comunicación y Documentación el 9 de octubre de 2014, aprobada de forma unánime por el Consejo de Gobierno, presidido ya por el Rector José Orihuela en su reunión de 21 de noviembre de 2014. Finalizaba nuestro escrito de petición al Consejo de Gobierno con el siguiente párrafo: “en este año de conmemoraciones, reconocimientos y recuerdos, por cumplirse el centenario de esta Universidad, estamos convencidos de que debemos mostrar nuestro reconocimiento a la trayectoria humana y profesional de Dª. María Moliner, otorgando su nombre a la Biblioteca General del Campus de Espinardo, denominación que pone además otro jalón en la historia de nuestra institución al reconocer las especiales circunstancias que propiciaron la relación afectiva, personal y profesional entre la autora, Murcia y su Universidad, que tuvo la fortuna de contar con su colaboración”.
Procede, a continuación, intentar precisar en unos breves párrafos con algo más de detalle por qué el nombre de una biblioteca, y no otro tipo de reconocimiento, era la mejor manera de homenajearla. En primer lugar, María Moliner fue archivera y bibliotecaria prácticamente a lo largo de toda su vida, perteneció al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos del estado creado en el año 1858 cuando el gobierno consideró necesario disponer de profesionales capacitados para gestionar el patrimonio bibliográfico cuyo volumen había aumentado considerablemente tras la aplicación de las medidas desamortizadoras del ministro Mendizábal. Para una profesional destacada en este campo, que llegó a Murcia para hacerse cargo del archivo de la Delegación de Hacienda y que terminó muchos años después jubilándose como directora de la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid (a pesar de haber sido represaliada tras la Guerra Civil y degradada hasta lugares ínfimos del escalafón por las autoridades franquistas), ¿qué mejor sitio podemos elegir para honrar su memoria? Sin duda alguna, una biblioteca universitaria aún sin nombre, hasta el día de hoy.

En segundo lugar, María Moliner es universalmente conocida por su más importante obra: el Diccionario de Uso del Español, editado entre los años 1966 y 1967 por la Editorial Gredos. La autora elaboró un diccionario como una guía del uso del español “trayendo todos los recursos de que el idioma dispone” (así aparece escrito en su presentación). María Moliner reunió un léxico muy amplio que organizó de acuerdo con el sistema de familias. De esta forma, cada entrada ofrece: (1) la definición del término en sentido estricto; (2) un amplio número de acepciones y subacepciones usuales y otras no tan usuales: (3) sinónimos y, finalmente, (4) informaciones sobre el régimen preposicional y otras características de las entradas. A este conjunto de aspectos lexicográficos de gran valor hay que añadir el uso de una prosa sencilla y precisa, tanto en las explicaciones como en los ejemplos propuestos, característica que facilita su consulta a un número mucho más amplio de lectores que el habituado a utilizar otros diccionarios, como, por ejemplo, el de la RAE. El profesor José Luis Aliaga Jiménez aporta otro aspecto relevante, quizá no muy comentado: “la ordenación de las entradas, conjugando con el alfabético el criterio etimológico como medio para el aprendizaje del léxico”.
La repercusión de esta diccionario es de carácter universal y las revisiones realizadas le permiten presumir de una actualidad que ya para sí quisieran otros diccionarios, elaborados por equipos de trabajo mucho más amplios. El grado de vinculación entre los diccionarios y las bibliotecas es altísimo, configuran un nexo casi vital. El diccionario es un material de referencia (o de consulta) para proporcionar significado, definición, etimología, ortografía, y en el caso de algunos idiomas, fijar su pronunciación. Hay varios tipos de diccionarios, siendo los más conocidos los de la lengua, los etimológicos, los de sinónimos y antónimos, los de idiomas y los de uso. A un nivel más especializado contamos con los léxicos, glosarios, tesauros, diccionarios históricos e ideológicos. La referencia es una de las principales tareas que se desarrollan en las bibliotecas, orientado y asesorando al usuario en su necesidad de información, por tanto, la sección que almacena las obras de referencia se convierte en uno de los pilares que sustentan la actividad bibliotecaria. Es tal la importancia que los diccionarios poseen en esta labor que sus ejemplares están habitualmente excluidos del préstamo, han de estar siempre en la biblioteca, forman parte de su “tesoro”. ¿En qué lugar, por tanto, debe buscar una biblioteca su denominación? La respuesta es sencilla, dentro de ese “tesoro” debe hallar una de las joyas que más brille, que seguramente será un diccionario, y nada mejor que el elaborado por nuestra compañera María Moliner.

La autora estaba plenamente identificada con el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, plasmado posteriormente en las Misiones Pedagógicas que fueron auspiciadas por la II República para paliar las gravísimas carencias educativas y culturales de las poblaciones rurales. Además de la implantación de una amplísima red de bibliotecas rurales en la Comunidad Valenciana, María Moliner es capaz de redactar el primer plan nacional de planificación bibliotecaria, proyecto que, como recuerda la periodista Inmaculada de la Fuente es un “documento vanguardista sobre gestión bibliotecaria que gozó del reconocimiento de varias instituciones europeas y muchos bibliotecarios siguen considerándolo el mejor plan de bibliotecas diseñado hasta la actualidad”. El triunfo de las tropas golpistas de Franco impidió que ese plan se llevara a cabo. Hubo que esperar a la restitución de la democracia para que España dispusiera de un plan que, a pesar del tiempo transcurrido, incorporaba muchas ideas y planteamientos de la autoram una verdadera pionera en este campo.
Desgraciadamente han de pasar muchos años para que, ya en período democrático, estas ideas calasen en la mentalidad de nuestros gobernantes y se desarrollara este sistema bibliotecario, hoy muy golpeado por los recortes presupuestarios, y que sigue siendo necesario para preservar la educación y la cultura, constituyendo como recuerda UNESCO : “una fuerza viva de educación, cultura e información”.La homenajeada «fue una verdadera adelantada a su tiempo» tal como afirma la profesora Luisa Orera, y una institución como la nuestra, dedicada a promover y custodiar el conocimiento, no puede dejar de honrarla otorgando a uno de los pilares de esta tarea, el edificio de la Biblioteca General del Campus de Espinardo, el mejor nombre posible, el de María Moliner.
Muchas gracias a todos por su atención y por el apoyo a esta iniciativa.